Ojo por ojo



        La tonalidad burlona y nada amigable de Paimon resonó en los oídos de Satanás, quien, como la personificación de la ira, parecía estar a punto de arder en llamas de disgusto. No había duda de que Paimon tenía algo importante que decirle: la búsqueda del arma sagrada perdida. Con todos los reyes presentes, quería aprovechar la presión social para motivarlo a escuchar sus consejos que a sabiendas de todos eran más bien ordenes –pero controlado por la aristocracia establecida por Lucifer al renovar el infierno 20 ciclos atrás, no tenía opción más que jugar bajo esas reglas.
        —Al menos uno de nosotros encuentra esto agradable. —Satanás respondía sarcásticamente—. ¿Qué quiere el gran búho cornado esta vez?
        —Tu sarcasmo no funciona conmigo. Pero, ya que lo preguntas; hubo un incidente en el cuarto círculo que según parece ser, vino del círculo de la ira.
        —Y estoy seguro de que vienes con un consejo para mí. —La tonalidad de Satanás demostraba su descontento—.
        —Sí. —Paimon hizo una pausa—. Arréglalo.
        La voz de Paimon resonaba en el aire, cargada de una certeza que no había experimentado en mucho tiempo. Un arma capaz de herirlos era algo que no podía tomarse a la ligera. Y si esa misma arma podía dañarlo a él, era algo que no podía pasar por alto.
        Pero el orgullo del rey era a su vez un muro inmediato con todos los demás reyes del infierno, y por más imponente que fuera su tono, nada era capaz de pasar por esta pared –como a nadie le gusta que le digan que hacer o cómo hacerlo, recibir el consejo de Paimon era el equivalente a lanzar palabras al viento.
        Satanás frunció el ceño con desacuerdo, incrédulo ante las amenazas no expresadas. La tensión entre ambos era palpable a kilómetros de distancia mientras se preparaban para enfrentarse, ya sea con palabras o con violencia. El tiempo se detuvo, permitiéndoles decidir cuál de las dos opciones sería más efectiva contra su adversario. Las manecillas del reloj solo continuaron su curso cuando la voz de la razón intervino en el último momento:
        —Estoy seguro de que, si algo ocupa arreglo, Satanás lo tiene controlado. —Dice la voz—.
        La voz del hombre resonó en el aire, serena y suave como una caricia. Los dos jóvenes, que parecían dos niños traviesos, se detuvieron en seco al escucharla. Era como si su madre los hubiera descubierto en plena travesura y los hubiera regañado con dulzura. El hombre no era alto, pero su cuerpo esculpido y su piel blanca como el maquillaje de un payaso lo hacían parecer imponente. Sus mejillas estaban pintadas con dos círculos rojos que resaltaban su sonrisa insensata y sus dientes afilados como los de un tiburón. Sus ojos eran de un rojo intenso y seductor, como los de una serpiente y nadaban en un rio amarillo, y su cabello dorado brillaba como el oro. Vestía con ostentación, con un anillo magnánimo y ropa blanca impregnada de patrones rojos, como los de la manzana prohibida que alguna vez hechizó a la mujer y después al hombre. Su sombrero es de copa y en este descansa su corona, que a su vez es custodiada por un adorno que simula ser una serpiente que parece que trata de alcanzar dicha manzana –parte también del sombrero. Un moño negro en el cuello y ropa de vestir que parecía no tener época, grandes botas negras y por último unos sutiles guantes negros en sus manos que sostenían el bastón con el que separaba a los dos mal portados. Todo en él parecía decir que podías confiarle tus secretos más oscuros, pero nunca te darías cuenta de que habías caído presa de sus encantos.
        —¡Su alteza! —Resaltaron ambos—.
        Todos los reyes presentes parecían sorprendidos pues no se le había visto en ninguna parte, silencioso al caminar.
        —Su alteza, Lucifer. Le aseguro que no tiene nada de qué preocuparse. —Paimon hacía una reverencia en señal de disculpa—.
        —¿Satanás? —Lucifer se dirigía al otro, mostrándose indiferente a las palabras de Paimon—.
        —Todo está bajo control, su alteza. —Respondió—.
        El líder y rey supremo de los Ars Goetia, Lucifer Morningstar, era conocido como el primer ángel caído de la gracia de Dios. Fue condenado a ser el juez y verdugo de las almas que se desviaban del camino de la salvación eterna. Él conocía todo lo que sucedía en su reino y nada podía ocultársele, pero disfrutaba fingiendo demencia y actuando como si no supiera lo que estaba sucediendo entre sus subordinados.
        Cuando la pelea finalmente terminó, Lucifer se puso de pie y caminó hacia el fondo del salón. De repente, su trono apareció al final de los escalones, dándole una vista completa de la sala y sus ocupantes. El trono era negro como la noche y estaba adornado con gigantescos ojos tallados a los costados. Pero lo más impresionante del trono era el respaldo, que parecía estar hecho de cientos de alas emplumadas con ojos rojos que te miraban fijamente desde cualquier ángulo.
        Con gracia, Lucifer tomó asiento en su trono mientras Lilith, su esposa, emergía de las sombras para estar a su lado.
        Lilith Magne de Morningstar. La primera mujer; precursora de Eva, quien cayó bajo la tentación del fruto prohibido y condenó a la humanidad. A diferencia de Eva, Lilith se negó a someterse a Dios y a sus órdenes de unirse a Adán.
        Constantemente asociada con los aspectos negativos de la feminidad: adulterio, brujería y lujuria; algunos consideraban a Lilith como la madre de todos los súcubos y los íncubos. Si hubiera una palabra para definirla fielmente, solo “femme fatale” haría justicia a esta hermosa mujer.
        Su apariencia era la más humana de todas; incluso superaba a la de su esposo, con labios pintados de negro y ojos grises y penetrantes. Su maquillaje, especialmente en las pestañas, realzaba su mirada. Tenía una nariz suave y puntiaguda, una piel tersa al tacto, pero fría como la de un cadáver. Su piel pálida se ocultaba bajo unos leves tonos rosados. Su cabello era dorado como el de Lucifer, pero largo, llegando hasta sus muslos. Llevaba una corona que parecía burlarse de la corona de espinas que Jesús una vez llevó en la cruz, y de su cabeza surgían dos largos cuernos rojos que se curvaban casi formando un círculo.
        Lucía un hermoso collar de perlas y un vestido morado resplandeciente, con guantes que hacían juego. Del cuello a las piernas, llevaba una capa delgada y casi transparente de tela que ayudaba a ocultar su tono cadavérico de piel.
        La postura de Lilith al lado del rey daba la impresión de que era ella quien tomaba las decisiones y no él...
        La escena era majestuosa, todos los presentes se postraban ante ellos, rey y reina de los Ars Goetia. La realeza que seguía entrando secundaba la postura en agradecimiento por su presencia.
        Pero aun siendo tan admirado y respetado, Lucifer no podía evitar ver a todos como sus hijos. Para él, cada uno de ellos, incluso las especies no pertenecientes al ramo real eran una extensión de él mismo. Después de todo, los demonios y sus creaturas fueron todas aquellas alguna vez ángeles que deseosamente le siguieron a su castigo.
        Todos aquellos presentes desde el inicio compartían esta verdad. Finalmente, una vez todos estaban presentes, Lucifer alzó la voz y compartió unas palabras. Los presentes escuchaban atentamente:
        “Es un verdadero placer observar las caras viejas y algunas caras nuevas en este Maledictum. En la primera ocasión en la que los reuní a todos para esta celebración, les solicité que fueran virtuosos y compartieran esa virtud con los demás. Además, les confié a cada uno una parte de mi reino para que lo moldearan a imagen y semejanza de esa virtud. Aunque es demasiado pronto para emitir un juicio sobre su desempeño, les insto a que se juzguen a sí mismos y se pregunten si han cumplido con esta orden. Reflexionen sobre lo que les falta y lo que les sobra para poder brindar a los demás.
        Los he reunido con este propósito, para que se cuestionen y se evalúen. Han pasado varios ciclos desde la inesperada muerte de Agares y pocos ciclos desde que su nieto se unió a nosotros, llevando ahora su nombre. Utilicemos esto como un recordatorio de que incluso en la vida eterna, el final tiene su lugar. Como familia, lo más sensato es protegernos mutuamente en lugar de odiarnos unos a otros. Ahora, disfruten de la fiesta, liberen sus mentes y, sobre todo, ¡brinden por otro ciclo lleno de todo aquello que desean y más!”
        Todos aplaudieron a las palabras de Lucifer a la par que volvían a sus actividades festivas –comiendo y socializando, formando nuevas alianzas o fabricando nuevos tratos. Y cada rey buscando lo mejor para su círculo.
        Satanás estaba listo para retomar su discusión con Paimon, pero él ahora se centraba en ser el “mejor demonio”; y no permitiría ser tentado al desorden ahora que estaban en presencia de Lucifer.
        —¿Nada más que agregar Paimon?
        —No es necesario, si resulta ser mucho para ti; lo arreglaré yo. —Paimon se retiró de su vista—.
        Todo parecía aclimatarse en una fiesta común y corriente con el pasar del tiempo, Paimon se regodeaba al lado de Lucifer; Octavia con Lilith; y así consecutivamente con el resto de los invitados. Leviatán y Tella entablaban plática con Beelzebub y Cerberos, Ronove y Forneus por otra parte parecían ofrecerle algo a Asmodeus. Malthus, Raum y Bifrons parecían tramar algo, mientras Andromalius trataba de escuchar y muy al fondo se veían a Andrealphus y Stella; el hermano cuidando con disgusto de la hermana mientras que sus padres se distraían con charlas de nunca acabar.
        Si esto seguía su rumbo, la velada terminaría; Lucifer daría su discurso final y solo quedaría esperar a la llegada del exterminio que da carta a un nuevo ciclo infernal. Pero es claro que si te digo esto es porque algo venía en camino; un carruaje enfermizamente ostentoso, parecía hecho de oro puro y brillaba con diamantes y otras rocas preciosas. Solo podía pertenecer a un Goetia, el demonio que lo quiere todo, Mammon, la personificación de la codicia.
        La codicia de Mammon nunca ha conocido límites: dinero, poder, mujeres, hombres; piensa en algo que puedas querer, material o no. Mammon lo quería todo. Y como la codicia tiene todas las formas; Mammon también –descrito solamente como una creatura polimorfa contenida en un traje de bufón que lo hacía ver como triangulo, de colores dorados, plateados y cobrizos; se decía entre los pecadores que su traje estaba hecho de estos mismos metales pero que de alguna forma se movían como la tela. Cuatro brazos independientes, podía caminar en 2 o más pies y era gordo hasta mas no poder. Con un acento de vocales claras suaves con una extraña tendencia a prolongar sílabas y suavizar letras como la R al final de hablar y siempre que hablaba parecía empezar a recitar como cual payaso de una corte real. Por último, su cara parecía ser simplemente una máscara blanca de donde unas cavidades en esta se encargaban de ser sus ojos y su boca, al punto de moverse al hablar o parpadear como un par de ojos de verdad; además de una dentadura similar a la de los sharkins, repleta de colmillos.
        Al bajar de su carruaje lo primero que tocó el suelo fue su bastón, una parodia al de Lucifer pues en vez de una manzana en el mango, era una pila de monedas.
        No pasó mucho tiempo antes de que ingresara al palacio de Lucifer, tampoco pasó desapercibido al entrar, siendo detenido de inmediato por el propio Paimon cuando parecía regodearse con los demás invitados, dejando claro que él era él más sorprendido e insultado de entre los invitados. El segundo rey del cuarto círculo; no solo nunca había hecho acto de presencia, sino que también llegaba tarde a esta ocasión –y se atrevía a mostrar ausencia de remordimientos.
        —¿Qué haces aquí, Mammon? —Paimon mostraba su descontento—.
        —Paimon, sabes que todos aquí somos bienvenidos, mis razones no son de tu importancia. —Mammon sonaba condescendiente, como si la pregunta fuera solo un capricho de un niño pequeño—.
        —Cuando no hueles a la ciénaga en la que te regocijas.
        —Grandes palabras para alguien que huele a otra-
        —¿A qué? —Interrumpía Paimon, desafiando a Mammon con una mirada fija mientras inclinaba su pecho hacia adelante, deseando mostrarse más imponente que él—.
        —A otra.
        Paimon fruncía el ceño mientras Mammon le respondía con una sonrisa siniestra y una mirada penetrante. Era evidente para Paimon que su compañero sabía más de lo que estaba dispuesto a revelar; y aunque solo ellos dos comprendían el contexto implícito de aquel comentario, el hecho de que Mammon estuviera al tanto lo llenaba de furia, especialmente después de todos los esfuerzos que había hecho para asegurarse de que Octavia permaneciera en silencio. Sin duda, había fracasado estrepitosamente y eso hería su orgullo.
        La tensión en la habitación era palpable. Paimon se mordía el pico inferior, tratando de contener su ira mientras Mammon continuaba con su actitud desafiante. El demonio sabía que había algo más detrás de esas palabras, algo que Paimon no estaba dispuesto a admitir. Pero la mirada malévola de Mammon y su sonrisa burlona eran un claro indicio de que había descubierto su secreto. Paimon se sentía traicionado y humillado, y no podía permitir que Mammon saliera impune de aquella situación.
        La mente de Paimon se llenaba de pensamientos oscuros y vengativos. Había hecho tanto para mantener a Octavia en silencio. Y ahora, todo ese esfuerzo parecía haber sido en vano. La rabia ardía en su interior, alimentando su determinación de encontrar una solución a aquel problema. Mammon no se saldría con la suya, no esta vez. Paimon estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para proteger su orgullo y su reputación.
        —Ahora apártate, que no es contigo con quien busco audiencia. —Mammon continuaba—.
        A la par Paimon respondía interrumpiendo de nuevo su camino entre él y Lucifer.
        —A nadie le importa lo que quieres; ya sabemos que lo quieres todo, araña codiciosa.
        —¿Y lo que tú quieres? —Mammon contraataca al tomar del pico a Paimon y hacerlo voltear en dirección a Tella—. ¿Purgar tus penas?
        Mientras tanto; al igual que lo hizo con Satanás, Lucifer nuevamente interrumpió la riña creada por Paimon, cediendo la palabra a Mammon, interesado en la súbita aparición suya en la fiesta.
        —Basta, ustedes dos. —Lucifer se aproximaba—. ¿A qué debo tu presencia, Mammon?
        El gordo codicioso no tuvo problemas en apartar a Paimon para quedar frente a Lucifer; pero aún decidido a no mostrar respeto alguno, en vez de arrodillarse o dar reverencia –Mammon simplemente pasó a un tono insensato de habla.
        —Su alteza, vengo simplemente a ofrecer un cambio para el infierno que podría resultar en una gran oportunidad para resaltar la grandeza de su reino.
        —Mammon, mi orgullo es más alto que todos tus halagos combinados, di lo que quieres. —Repudiaba Lucifer—.
        —Quiero que al empezar el siguiente ciclo; las grandes puertas que separa a los pecadores de nosotros queden por siempre abiertas.
        —¿Y para qué quieres eso? —Lucifer se mostraba confundido—. ¿Acaso quieres privar a los pecadores de sus merecidos castigos?
        —¿Para qué? ¿Acaso se necesita una razón para querer algo?
        —Se necesita para pedir lo que se quiere.
        Aún impresionado por la solicitud de Mammon, Lucifer no pudo evitar monologar otra vez, ahora recordando la historia del infierno estos últimos 20 “años”:
        —“Cuando fui enviado a este lugar, mi misión era impartir castigo y reprensión a todos los pecadores por toda la eternidad, para que sus almas pudieran arrepentirse de haber desobedecido, al igual que yo lo hice en algún momento. El final de su castigo y la oportunidad de vivir entre nosotros es el premio que les otorgo, la segunda oportunidad que nunca tuve y que por eternidades mi padre les negó. Sin castigo, ¿qué valor tiene la recompensa que les ofrezco? ¿No es acaso una muestra de solidaridad con su falta de virtud? ¿Cuál es entonces el significado de las consecuencias de sus actos?
        Además, ¿qué autoridad tienes para entrometerte en el trabajo de Gamigin, quien obedece a Leviatán y su esposa? ¿O los demonios menores que reparten castigo y vigilan el averno? Además, olvidas el propósito de los exterminios que se llevan a cabo, que es mantener la población filtrada de aquellos que no se arrepienten, y al reducir los números dar cabida a los nuevos. ¿Cómo es que entonces propones tu destilar tu pueblo de los revoltosos? Agares ignoró esto y le costó la vida.
        Encuentra la virtud en todo esto y tal vez considere tu solicitud tan ofensiva.”—
        —Te ofrezco entonces que, si puedo tener de mi lado a un rey, cumplirás con mi petición.
        —Te doy una oportunidad. —Le respondió Lucifer—.
        Aunque era cierto que Mammon esperaba menor resistencia por parte de Lucifer, sabía que debía estar listo para negociar a su favor; de allí que supiera sobre Paimon y Tella –pues como alguien que lo quiere todo, sabe lo que otros quieren. Bastó con dárselo a la persona correcta para hacerse con la información. Fue en este momento cuando Paimon se dio cuenta de lo que tramaba, él ya tenía la intención de pedir este capricho, y sabía que debía apostar para ganar –y no hay mejor apuesta que aquella que haces cuando tú eres quien baraja las cartas.
        Al Mammon voltear a ver a Paimon solo se confirmaba más esta teoría, lo que terminaba por enfurecer al rey búho –lo tenía bajo las cuerdas y de alguna forma nunca lo vio venir.
        —Paimon. —Finalmente escogió Mammon, solo haciendo a los otro esperar para evitar así la obviedad—.
        —Muy bien, Paimon, defiende la petición de Mammon.
        La sala se llenó de silencio, nadie podía creerlo –en especial que como abogado; Mammon escogiera a quien le considera su peor enemigo. Mientras que Paimon trataba de descubrir quien le delató, ¿La misma Tella? ¿Octavia? ¿Algún sirviente?
        Su mente estaba tan enfrascada en encontrar su error, además del hecho de que de no defender a Mammon, él sería quien le contara a Lucifer lo sucedido aquella noche de pasión y adulterio. Pasaban los segundos y Paimon se quedaba en silencio; aparentemente pensando lo que diría en defensa de Mammon. Incluso se preguntaba si acaso lo más importante de todo esto, ¿Por qué quería Lucifer que apoyara la idea de Mammon?
        Además, la idea de abrir el infierno concernía a todos los reyes.
        Pero al final se rompió el silencio y Paimon habló:
        —“La virtud radica en realizar lo correcto, aquello que sea lo más beneficioso tanto para uno mismo como para los demás. El llevar una vida verdaderamente virtuosa sugiere que aquel ser que la busca se gobierne a sí mismo y, por su propia cuenta, haga el bien; pues quién solo hace el bien porque teme a las consecuencias no es esencia virtuoso. Privar a los pecadores de cumplir su condena los libera de un gobierno externo, lo que permite que cada pecador asuma su nueva vida como mejor le parezca –si para él es un castigo, será virtuoso y vivirá en un estado perpetuo de arrepentimiento; y si para él es una bendición, se dejará llevar por sus deseos y finalmente alcanzará su propia perdición.
        La muerte de Agares solo demuestra que él veía esto en los pecadores a los que condenaba a su círculo, pues a pesar de conocer los riesgos, actuó. Y si los condenados hubiesen sido virtuosos, él aún estaría con vida. Creer que esto es prueba de que estoy equivocado solo demuestra que no estamos dispuestos a buscar verdaderamente la auténtica virtud, pues aquel que carece de ella, por más que sea castigado, nunca la buscará –pero aquel al que se le brinda la oportunidad no duda en tomarla.
        Y para demostrar que hablo con la verdad, apoyo la moción de Mammon de abrir las puertas de forma permanente y permitir que sobrevivan los más aptos buscadores de un infierno íntegro.”—
        El silencio se apoderó del salón, algunos asentían con las palabras de Paimon y encontraban lógica en su razonamiento, mientras que otros se oponían. Habían aprendido a aprovecharse del sistema original de Lucifer y temían que cualquier cambio pudiera afectar sus poderes e influencias para siempre. Pero todos se preguntaban lo mismo en silencio: ¿habría Paimon convencido a Lucifer?
        La respuesta era incierta, pues Lucifer no buscaba una respuesta correcta, sino simplemente que alguien respondiera. Y así lo hizo, obteniendo lo que quería. Se sentía orgulloso de sus demonios, como un padre que ve crecer y madurar a sus hijos, buscando su propio camino. Lucifer les había dado libertad y un lugar para hacer uso de ella, no quería que lo siguieran ciegamente, sino que tomaran lo que les había dado y lo transformaran en algo nuevo.
        Desde su perspectiva, su mundo infernal evolucionaba al igual que el mundo de Dios. Y aunque algunos temían los cambios, Lucifer se sentía orgulloso de que sus hijos estuvieran dispuestos a explorar nuevas posibilidades.
        Paimon, por su parte, sabía que había dado un paso importante al plantear su idea ante Lucifer y los demás demonios. Sabía que no todos estarían de acuerdo, pero confiaba en que su razonamiento era sólido y que, con el tiempo, los demás podrían verlo también. Pero, sobre todo, esperaba que Lucifer estuviera de acuerdo para así evitar que Mammon cumpliera sus amenazas.
        Mientras tanto, el silencio seguía reinando en el salón. Nadie se atrevía a hablar, esperando a que Lucifer diera su veredicto. Pero el Señor del Infierno se mantuvo en silencio, observando a sus demonios con una sonrisa enigmática en su rostro.
        Finalmente, después de unos minutos que parecieron eternos, Lucifer habló. 
        —Paimon, tu idea es interesante —Dijo con voz pausada—. Pero antes de tomar una decisión, necesito que me presentes un plan detallado de cómo llevarla a cabo y cómo afectaría a nuestro sistema actual. Además, ¿Cómo planeas convencer a los demás?
        Paimon asintió, sabiendo que había logrado su objetivo de llamar la atención de Lucifer, y Mammon sonreía maliciosamente por lo que asumía que a él también le había convencido. Ahora tendría que trabajar duro para presentar un plan sólido y convincente que pudiera convencer a los demás demonios y, sobre todo, a su amo.
        El silencio se rompió y los demonios comenzaron a hablar entre ellos, discutiendo los pros y los contras de la idea de Paimon. Pero todos sabían que, en última instancia, la decisión final recaía en Lucifer.
        Y así, el futuro del Infierno seguía siendo incierto, pero al menos ahora había una posibilidad de cambio y evolución. Y eso era algo que, para muchos demonios, era emocionante y aterrador al mismo tiempo.
        Entonces Paimon respondió:
        —“Ofrezco que sea a voluntad, siendo el cuarto círculo el primero en implementarlo; y como dice Mammon, será tan simple como dejar las puertas abiertas y admitir a las almas tan pronto pasen por el vestíbulo hacia su destino. Así Gamigin seguirá con su tarea de contabilizar las almas entrantes.
        Los demonios que cuidaban de los castigos pasarán a formar parte de los cuerpos de seguridad junto con los hellhound y presidentes, estoy seguro de que apreciarán los refuerzos. Y los Baphomet podrán trabajar ahora como parte del personal de salud y tesorería.
        Por último, los terrenos de castigo podrán ser reacondicionados para continuar la expansión de los territorios de cada rey que desee participar.
        Nuestro éxito será la motivación de los demás.”—
        —Así sea. —Respondió Lucifer—. Pero Mammon, tú te encargarás del resto.
        —Así será su alteza.
        Mammon se encontraba intentando ocultar su alegría y no tardó en acercarse a Paimon para expresarle su gratitud, cuando este se le impuso violentamente de frente; lleno de ira y desprecio, maldiciéndolo con una mirada penetrante, pero todo en silencio para no levantar sospechas entre los demás. Deseaba arrancarle la cabeza al desgraciado que lo había manipulado a él, Paimon, el más cercano a Lucifer, enfurecido ante la idea de que esto no significara nada para el codicioso.
        Sin embargo, Mammon no tenía intención de quedarse allí por más tiempo (y darle la oportunidad a Paimon de arrancarle la cabeza), había obtenido lo que deseaba y ciertamente eso no incluía la labor social que requería el banquete. Con paso firme y su cuerpo balanceándose de un lado a otro, se retiró hacia su carruaje y regresó a su pantano para entregar la orden y, sobre todo, celebrar un plan bien ejecutado.
        Durante el resto de la velada, Paimon se sumió en la desesperación, atormentado por la paranoia hacia los demás, especialmente hacia su esposa Octavia, quien no se separó de su lado en ningún momento. Observaba a todos con desprecio, más parecido a un águila que a un búho. Mientras tanto, Octavia intentaba centrarse únicamente en Stolas, ya que no entendía lo que había sucedido entre Paimon y Mammon, pero podía sentir que lo peor aún estaba por venir.
        Cuando la fiesta finalmente llegó a su fin, Lucifer pronunció sus últimas palabras para poner fin a la celebración y dar la bienvenida al vigésimo exterminio, poniendo fin al vigésimo Maledictum:
        —“Con la certeza de que han sembrado las semillas de un futuro próspero y exitoso. Cada uno de ustedes ha demostrado su compromiso y dedicación al asistir a este Maledictum, y estoy seguro de que sus esfuerzos no serán en vano.
        Durante los próximos 7 días, les insto a que aprovechen este tiempo para planificar y reflexionar sobre lo que han aprendido y experimentado aquí. Utilicen esta oportunidad para evaluar sus fortalezas y áreas de mejora, y tracen un camino claro hacia el éxito.
        Recuerden que el siguiente ciclo será crucial para revelar los resultados de su trabajo. Será el momento en el que podrán ver los frutos de sus esfuerzos y determinar si han logrado alcanzar sus metas y objetivos. No se desanimen si los resultados no son inmediatos, ya que el éxito requiere tiempo y perseverancia.
        Partan en armonía, sabiendo que han sido parte de algo especial y único. Han sido testigos de la magia que se crea cuando personas comprometidas se unen en busca de un propósito común. Lleven consigo la energía y la inspiración que han experimentado aquí, y compartan ese entusiasmo con aquellos que los rodean.
        Finalmente, quiero agradecerles nuevamente por su presencia y participación en este Maledictum. Su compromiso y entusiasmo han sido fundamentales para hacer de este evento un éxito. Espero con ansias ver cómo florecen en sus círculos y cómo alcanzan la prosperidad que se merecen.
        ¡Que el siguiente ciclo sea lleno de éxito y bendiciones para todos ustedes!”—
        Todos aplaudieron el discurso y poco a poco todos se retiraron a sus respectivos círculos para volver a gobernar al día siguiente. Mientras que las fiestas del resto del mundo infernal no se verían afectadas si no hasta el último día.
        Pero mientras Paimon y Octavia se aproximaban a la puerta, Lucifer los interrumpió una última ocasión.
        —Octavia, querida. —Se refirió a ella—. Podríamos por favor charlar… ¿En privado?
        Paimon, que aún tenía su mirada que emanaba rabia y frustración pasó a querer mostrar impotencia, pero su orgullo lo impedía. ¿Era que acaso todo hasta ahora fue en vano? ¿O solo era esto una inoportuna coincidencia?
        —Claro, su alteza. —Octavia respondió y caminó hacia él—.
        En la mirada de Octavia también había preocupación pues había pasado toda la velada sin sucumbir ante sus deseos de delatar a su marido; todo por el bien de Stolas, y ahora sentía que tal vez fue en vano. Sus brazos se sujetaban fuertemente al pequeño príncipe que cargaba y dormía en su pecho.
        Tanto Lucifer como Octavia regresaron al salón, que ahora estaba finalmente vacío; siendo solo ellos dos.
        —Te ruego que no actúes movido por tus emociones, más si así lo deseas, no te pondré obstáculos. Theia ha entablado conversación conmigo acerca de Paimon. Y te propongo que seas tú quien lo juzgue, para que este nuevo ciclo anhele la virtud.
        Lucifer se veía preocupado por Octavia, y un tanto esperanzado por el pequeño Stolas, sonriendo cómo alguien que vuelve a ver a su amigo después de años sin verlo; con un tanto de nostalgia en su hablar.
        —Gracias su alteza, pero… ¿Podría pedir algo distinto?
        —Claro! Será un placer compensarte un capricho.
        —Por favor, cuide de Stolas.
        Lucifer le pasó su sonrisa a Octavia y después la devolvió a Stolas que seguía en profundo sueño. Él sabía todo, sabía lo que era, lo que es y las cosas que podían ser.
        —A partir de hoy, Stolas tiene mi bendición.
        —Gracias su alteza.
        Cuando Octavia regresó al carruaje, Paimon mostraba una aparente calma; incluso parecía estoico, pero su mente corría a una velocidad vertiginosa, como si estuviera a miles de kilómetros por hora. Tan pronto como ella subió con Stolas, las puertas se cerraron y el carruaje emprendió el regreso.
        
        ***
        
        Los días posteriores, cada círculo se puso en movimiento para sus preparativos finales; todos sembrando semillas que germinarían cuando una nueva vida llegara de los avernos a sus dominios. Sin embargo, nada se asemejaría a la serie de acontecimientos que se desarrollaban en los pantanos de Codicia, en lo más profundo, en las orillas del cuarto círculo.
        El firmamento, incluso durante el día, parecía sumido en una eterna noche, como si en cada instante el ocaso y el amanecer lucharan por iluminar u oscurecer todo a su alrededor, tiñendo todo con un matiz verdeazulado o azul verdoso, como si fuera un filtro cinematográfico. El aire era denso, frío y húmedo; el suelo siempre estaba cubierto por una extraña niebla que se divisaba a lo lejos pero nunca donde te encontrabas, como si la humedad del viento se burlara de tus ojos con ilusiones ópticas naturales.
        A pesar de la fauna y flora pantanosa que lo rodeaba, los fondos de Codicia se encontraban elegantemente adornados con su propia arquitectura. Pequeñas casas y otras que parecían mansiones se divisaban a lo lejos desde las colinas. Agrupaciones de viviendas y otros edificios simulaban un pueblo, y los extensos cuerpos de agua propiciaban la proliferación de puentes y puertos por doquier, conectando unos con otros como si se tratara de un país entero en una escala en miniatura, al mismo tiempo que todo ello se unía para formar una única comunidad.
        La arquitectura del Mediterráneo, construida con ladrillos y piedras, se entrelazaba con las influencias de la época actual, embelleciendo las fachadas con detalles de hierro forjado y ornamentaciones decorativas. Muchas de ellas compartían un diseño en común: el rostro sonriente de un payaso con sombrero de bufón. Aunque sus ojos eran huecos, parecía que podían seguirte con la mirada, dejando una sensación de vacío en el aire.
        Y en lo más profundo, se encontraba el hogar del rey Mammon, un oasis de riquezas ocultas entre la miseria y la naturaleza salvaje; como si lo que alguna vez fue un gran imperio ahora estuviera consumido por la vida que quedó atrás al ser abandonado por sus habitantes. Pero al cruzar los límites del palacio, de repente todo era extrañamente perfecto, no se veía nuevo ni cuidado, pero aun así mostraba que allí dentro no podía penetrar la putrefacción del deteriorado exterior.
        Por fuera se veía pequeño si le comparabas con el palacio de Paimon o Lucifer, quizá sería el más pequeño de todos si de verdad se hiciera un análisis profundo, pero por dentro parecía no tener final.
        Además, el aire dentro del palacio era denso y cargado, como si estuviera impregnado de la misma falsedad que emanaba de cada rincón. Los pasillos estaban adornados con pinturas y esculturas exquisitas, pero ninguna de ellas parecía tener un propósito claro o una conexión con las demás. Eran simplemente objetos acumulados sin sentido, como si el dueño del palacio hubiera estado obsesionado con coleccionar todo lo que pudiera, sin importar su valor o significado.
        Las habitaciones, por su parte, eran laberintos de caos. Muebles lujosos y extravagantes se amontonaban unos sobre otros, creando una sensación claustrofóbica y abrumadora aun cuando uno podía andar por allí en plena libertad de movimiento. Aun así, cada habitación parecía estar diseñada para atrapar a quienes se aventuran en ellas, como si el palacio mismo fuera una trampa para aquellos que buscaban riquezas y poder.
        El personal del palacio también era peculiar. Los imps parecían sonreír, pero su dolor era aparente. Los condenados, almas atormentadas por sus propios deseos y ambiciones, servían obedientemente a su amo, llevando a cabo tareas sin sentido y sin propósito aparente. Los sharkins, guardias del castillo, vigilaban los rincones oscuros del palacio, listos para atacar a cualquier intruso que se atreviera a perturbar la falsa armonía del lugar.
        Pero lo más inquietante de todo era la sensación de vacío que se respiraba en el palacio. A pesar de la ostentación y la acumulación de riquezas, no había alegría ni satisfacción en el ambiente. Era como si todas esas riquezas no significaran nada, como si fueran meros objetos sin valor real. El palacio, en lugar de inspirar admiración y envidia, generaba una profunda tristeza y desesperanza en aquellos que lo contemplaban.
        Una última cualidad de este terrible lugar es el terrible destino que depara a los pecadores que caen aquí –obligados a compartir la estética del lugar con aspectos humanoides entremezclados con partes distintas de creaturas marinas; a diferencia del resto de círculos donde los condenados tomaban formas y aspectos más diversos –la única excepción siendo el reino de Paimon. Esta cualidad única de los pecadores del pantano hacía que muchos los consideraran incluso versiones inferiores de los sharkins, al no ser nacidos en el infierno y estar atrapados en este círculo para siempre, lo cual terminaba causando constante discriminación por parte de los sharkins hacia los condenados de Mammon.
        Y esta mañana, ahora a seis días del exterminio, Mammon disfrutaba de su victoria –una victoria tan ruidosa entre los chismes Goetia que rápidamente llegó a oídos demandantes; con voz que reclamaba remuneración por un trabajo bien hecho; mismo trabajo que le informó del resultado del Maledictum. Ya estaba este individuo siendo guiado por los pasillos del palacio hacia una alcoba donde le esperaba Mammon con pocas ansias.
        Un imp joven; apenas alcanzando la adultez –de pelo blanco con patillas recién cortadas que conecta con sus cuernos del mismo color; solo decorados por franjas negras, cortos, curvos, terminando en una punta afilada y cubiertos por una boina gris oscuro y ojos amarillos como cualquiera de su especie. Vistiendo moda formal, un traje oscuro de lana, con chaleco, corbata y pañuelo en el bolsillo del pecho y de uno de los botones parecía verse la cadena de un reloj de bolsillo. Una boina irlandesa, con una visera corta y un botón en el centro, ligeramente inclinada hacia atrás, dando un aire de confianza o desafío. Un abrigo largo de corte recto, con solapas anchas y botones grandes, azul marino con un segundo tono interior de verde oscuro. De juzgar el libro por su portada, no te culparía si crees que el abrigo podría tener algún bolsillo oculto o forro interior, para guardar armas o dinero. Unos zapatos de cuero pulido, con cordones firmes. Y finalmente, unos guantes de piel, para proteger las manos del frío que se apoderaba del palacio de Mammon.
        —¡Hey chico! No esperaba verte tan pronto. —Mammon lo saludaba con una voz carente de entusiasmo—.
        —Me enteré de que cierto demonio dio mucho de qué hablar este Maledictum, de la misma forma que me enteré de la información que te vendí. —Respondía el imp—. Así que si no te importa; vengo a que cumplas tu parte.
        Detrás de él había un sharkin, más alto que el imp, pero no que Mammon, delgado y de ojos rojos con unas curiosas líneas blancas en sus ojos que parecían el contorno de un círculo; los dientes inferiores sobresaliendo de la boca –la mandíbula más grande, haciendo que sus puntiagudos dientes se asomen de su boca. Vestido igual, con la única diferencia siendo un sombrero en vez de boina y una corbata blanca en vez del usual rojo. No decía ni una palabra, solo de pie y cruzando los brazos por detrás y cargando una mirada estoica en todo momento, indiferente a la situación que lo rodeaba.
        De piel verde claro y con franjas de un tono más oscuro en la espalda parecía un tigre; y las de su cabeza le hacían ver como si tuviera un peinado corto. Su cola compartía estos tonos además de uno blanco en la punta.
        Su porte también era joven, pero no tanto como el imp –quizá solo un par de ciclos de diferencia.
        —¡Sebas, me gusta este chico! —Le decía Mammon a uno de los guardias que había escoltado al par—. ¿Pero estás seguro de lo que quieres? Te daré el trato, pero es todo, nada de ayuda. Ehh… —Mammon comenzaba a chasquear los dedos tratando de recordar su nombre—.
        —Crimson, su alteza.
        —¡Crimson! Crimson. Me intrigas, tu padre maneja una considerable porción de mi contrabando, les va bien.
        —Yo quería algo, usted quería algo. —Interrumpió Crimson—. No creo necesario justificarme ante el pecado de la codicia.
        El cuarto en el que estaban tenía dos sillones y una pequeña mesa entre los dos –era relativamente amplio, pero aun así el ambiente se sentía tenso y claustrofóbico. Pero para demostrar que no venía a jugar; el joven Crimson tomó asiento y comenzó a explicar su plan.
        —Además, lo que pedí es simple, que nos haga a nosotros sus únicos socios.
        —¿Y tú competencia? Tu padre siempre ha respetado los límites, ustedes mueven los estupefacientes, otros mueven las armas-
        —Mi padre no podrá hacer nada seis metros bajo tierra y los Mafiosi perdieron un arma sagrada. A menos que quiera ese cañón apuntado a usted le recomiendo tomarme enserio.
        —¿Y qué garantía tengo si mueres en él intento?
        —No pasará.
        La risa de Mammon se escuchó por todo el palacio. Él sabía a lo que se enfrentaba Crimson, un ejército de mercaderes y negociantes del mercado negro manejando redes de contrabando por todos los círculos y todos a su mando –admiraba su hambre de poder, pero sabía que fallaría.
        —Bien, por cada familia que elimines te quedarás con su parte.
        Crimson se sintió insultado, el trato era darle el control total; y ahora estaba siendo insultado al tener su trato renegociado en su propia cara.
        —¡Eso no fue el trato!
        —El trato cambió chico, tómalo o te entrego en un ataúd como mensaje para los que quieran exigirme algo a mí.
         La postura de Mammon cambió repentinamente, casi parecía que su tamaño se multiplicaba llenando cada esquina del lugar con su ser. Crimson trató de mostrarse inmune a sus amenazas, pero no había nadie tan idiota para enfrentarse a un Goetia.
        —Empezaré por mi padre entonces. —Crimson estrechó la mano a Mammon para cerrar el trato—.
        Casi de la misma forma que creció, Mammon regresó a su tamaño natural para tomar la mano de Crimson.
        —¡Perfecto! Ahora largo.
        
        ***
        
        Mientras tanto, un piso arriba, en el círculo de la ira mientras todos celebraban a su forma. Este si acaso era uno de los círculos más llenos de vida en todo el infierno –aun cuando el orgullo y el deseo son parte natural del humano; no hay nada que conecte más a las especies que su naturaleza iracunda.
        Un cielo rojizo en tierra amarillenta dónde el calor se siente más. Repleto de montañas, cenotes, valles, cuevas y todo lo que puedas pensar. Muchos condenados se referían a ira como un desierto. El quinto círculo era vasto y vacío, escritores que lo habitan suelen compararlo con el viejo oeste de la historia americana y le hacía honor bastante bien –con pequeños poblados separados por grandes distancias dónde la mayoría se dedicaba al espectáculo, la granja u otros trabajos comunes en este tipo de literatura.
        También considerado el hogar de los imps. Aunque su proliferación hacía de todo el infierno su casa, siempre se ha dicho que los mejores y más puros imps solo salen de aquí y bajo la bendición de su rey Satanás.
        Para que no lo confundas con el séptimo círculo, la diferencia entre la ira y la violencia la explica nuevamente Dante, pues al pasar el sexto círculo a través de los restos de una grieta, provocada por el terremoto que movió la tierra al morir Cristo. Esta marca una gran diferencia respecto a la parte superior del Infierno: de hecho, los condenados de los últimos tres círculos son culpables de haber puesto malicia en sus respectivas acciones.
        En otras palabras: Los primeros seis círculos son pecados de la naturaleza humana, mientras que los últimos 3 son pecados deliberados por el hombre y hechos con intención maléfica. Por lo tanto, el hombre es por naturaleza, iracundo, pero él decide si actúa o no en base a dicha furia.
        Pero como en Codicia, no todo era fiesta. Barbatos se encontraba hablando con Satanás respecto al problema del arma.
        —Si no recuperamos el arma a tiempo, la usarán en el exterminio contra nosotros; o peor, algún exorcista y entonces Lucifer seguro intervendrá. —Barbatos decía un tanto desesperado—.
        —Tranquilo Barbatos. —Satanás se veía relajado—.
        Se estaba llevando a cabo una reunión final en medio de la ira, donde se encontraban Barbatos, Leraje y Satanás.
        El palacio del rey de la ira parecía estar fuera de lugar, pero a la vez encajaba perfectamente. La tierra amarilla y la vegetación desértica rodeaban un castillo construido con piedras del mismo color, que se volvían más oscuras a medida que se elevaban. La entrada consistía en una antigua puerta de madera que, al cerrarse, formaba un pentagrama. Al abrirla, se revelaban unas escaleras que conducían a la meseta donde descansaba el verdadero castillo. Al cruzar la segunda muralla, se descubría que lo que se ocultaba era una iglesia.
        La arquitectura era fascinante, por decir lo menos. La primera muralla, con su puerta de madera, se integraba perfectamente con el entorno, mientras que la segunda parecía sacada de la Edad Media, con torres en cada esquina desde donde los arqueros podrían vigilar si así lo deseaban. Y la iglesia, el verdadero palacio, era un ejemplo puro de arquitectura gótica, con grandes ventanales y una torre central llena de gárgolas y otras figuras talladas en los muros, que parecían estar atrapadas en ellos, esperando el momento adecuado para salir y acecharte.
        El interior de la iglesia era igualmente impresionante. Las altas columnas de piedra se alzaban hacia el techo abovedado, donde se podían apreciar hermosos vitrales que dejaban pasar la luz del sol en tonos rojizos y dorados. El suelo estaba cubierto de alfombras rojas y negras, creando un contraste dramático con las paredes de piedra grisácea.
        En el centro del espacio se encontraba un altar de mármol negro, adornado con velas negras y rojas que ardían en llamas danzantes. Sobre el altar, descansaba un gran libro antiguo, abierto en una página llena de símbolos y escrituras en un lenguaje desconocido. A ambos lados del altar, se erguían estatuas de demonios y criaturas infernales, con expresiones retorcidas y miradas penetrantes.
        La atmósfera en la iglesia era densa y cargada de energía. El aire parecía vibrar con una fuerza oscura y misteriosa, mientras que el sonido de susurros y murmullos llenaba el espacio. Las sombras se movían y danzaban por las paredes, creando figuras grotescas que parecían cobrar vida propia.
        En el centro de la iglesia, rodeado por un círculo de velas negras, se encontraba un gran trono de piedra. Aunque hoy no era el caso, sobre él se sentaba el rey de la ira, Satanás, con su imponente figura y su mirada penetrante. A su lado, Leraje, su marqués, permanecía en silencio, con su armadura negra y su rifle en mano. Y en el otro extremo, se encontraba Barbatos, el duque, con su presencia imponente y su mirada desafiante.
        Pero la sala en la que estaban hoy no hacía del centro menos importante. Una mesa para los tres y cualquier otro demonio que requiriera estar presente, decoraciones similares a las mencionadas, entre otras cosas.
        Leraje, para ayudar un poco a tu imaginación, viste similar a Satanás, con armadura oscura; pero a diferencia del rey, es imposible ver cualquier rasgo suyo, siempre vistiendo su armadura completa te prohibía observar su aspecto real. Tan extremo era su caso que podías darte cuenta de una extraña oxidación en ella, como si el pasar del tiempo le hubiera afectado y ahora es una sola pieza que no se puede retirar. A su espalda, un rifle de perno central M1845. Por último, todo estaba cubierto por una gran capa café que se unía a algo similar a las gabardinas de los forajidos americanos.
        —Recapitulemos lo que sabemos hasta ahora. Leraje, por favor. —Solicitó Satanás—.
        —Si su majestad. El arma se vio por última vez en las minas según los reportes de Furfur, Valac lo confirmó después del Maledictum. —Leraje sacó un mapa que parecía hecho a mano, mostrando el área alrededor de las minas—. Podemos hacer las cosas bien o podemos hacerlas como se debe.
        —¿Y cuál recomiendas? —Satanás continuó—.
        —Su majestad, con todo respeto, hagamos las cosas bien, esperemos al exterminio y recojamos las sobras.
        —¿Y que cambien de escondite? ¿Qué te asegura que tendrán el arma allí para entonces? —Barbatos perdía la paciencia—. Tomo a mis condes ahora, vamos a las minas y tomamos el arma.
        —Si tan solo uno de ellos se acerca entonces si moverán el arma, su alteza.
        —Leraje tiene razón, Barbatos. Si les haces saber que vas por ellos entrarán en pánico. Ese lugar está infestado de condenados, no hay especie más cobarde y astuta. —Satanás respiró hondo—. Hagamos las cosas bien.
        —Déjenmelo a mí. —Leraje concluyó la junta—.
        Leraje se puso de pie y se retiró del palacio, lo último que se le vio hacer fue conjurar un portal por el cual se desvaneció.
        
        ***
        
        De vuelta en Codicia; en los territorios de Paimon, él se encontraba meditando la forma en la que Mammon pudo haber descubierto que había cometido adulterio; pero no podía encajar todas las piezas. Siempre mantuvo a Octavia bajo vigilancia y él niño no habla. Ningún imp estuvo presente durante la disputa que inició todo. Incluso esa noche del adulterio, Paimon le abrió un portal a Tella para que regresara a su círculo sin despertar sospechas después de ser descubiertos en el acto por su esposa.
        La única posibilidad era que Tella hubiera hablado; pero si ese fuera el caso, ella misma sería la responsable de la manipulación y no un tercero. El plan de Mammon solo se aplicaba a Codicia y ni ella ni su esposo votaron por ser parte del experimento, así que no fue una conspiración. Solo podía pensar en un espía o informante de algún tipo; alguien capaz de ver u oír sin ser visto ni oído. Pero eso sería como buscar una aguja en un pajar, ya que cada círculo podría albergar a una población mayor a la de una o varias ciudades. Rastrearlo sería en vano.
        Por último, Lucifer hablando con Octavia en privado sin ninguna razón o motivo, especialmente cuando ella no hablaba con otros Goetia más allá de sus deberes reales y comidilla con otras mujeres, le resultaba sospechoso y aumentaba su paranoia.
        Finalmente, cuando se resignó al hecho de que no podía ocultar por completo su acto, no vio otra alternativa más que actuar. Tenía dos opciones: durante el exterminio o después. Si lo hacía durante la purga, podía ocultar sus huellas bajo las masacres que siempre ocurren durante este breve período entre la última noche del ciclo antiguo y la primera mañana del nuevo. Y si lo hacía después, también podría reducir el número de nuevos pecadores, afectando los negocios de Mammon y anticipando liberar espacio ahora que las puertas no se cerrarían. Por supuesto, esta otra opción llamaría la atención, algo que ya tenía en abundancia para su gusto.
        Se resistía a aceptar su fracaso y temía enfrentar una posible humillación aún mayor. Evitaba afrontar las consecuencias de sus acciones y el temor de que estas lo persiguieran en el futuro. Finalmente, decidió que esa noche sería el fin de todo, para bien o para mal.
        Mientras tanto, en el otro extremo del palacio, Octavia arropaba en su cuna a Stolas, contenta de poder estar junto a él una vez más. El pequeño se aferraba a los dedos de su madre mientras ella le deseaba buenas noches y poco a poco sus ojos se cerraban para descansar, adentrándose en el mundo de los sueños. Octavia solo podía sentir una sensación cálida en su corazón al ver la sonrisa de su hijo, llevando consigo ese sentimiento reconfortante a la cama: el amor que solo un hijo puede brindar a su madre y el amor que solo una madre puede brindar a su hijo.
        Incluso al compartir la cama con lo que se suponía era su marido; aquel que juró amarla y respetarla, su amor por Stolas le daba la fuerza necesaria para despertar un día más.
        
        ***
        
        Los últimos días antes del exterminio pasaron sin más preámbulo, ordenes se dieron, indicaciones, trampas, engaños –como si fueran resoluciones de año nuevo; demonios, Goetia y otras creaturas se aseguraban de que todo estuviera en su lugar.
        Para la importancia que hasta ahora se le ha brindado a este evento “anual”, era un tanto desconcertante lo tranquilo que era todo en todas las clases sociales del infierno. Cómo si fuera solo un día más –hasta los condenados, quienes ya habían experimentado la muerte una vez, su castigo y una segunda vida estaban listos para dar el vistazo final a un cielo rojo que tantos días y noches les hizo compañía. Y los pocos que temían desde hace tanto ya se habían escondido que el resto ya los daban por muertos; quizá por mano propia.
        Finalmente, Adán y su compañera Lute, seguidos por sus exorcistas; salían del antepurgatorio después de haber descansado todo un ciclo en el Jardín del Edén y pasar por cuenta propia los siete giros; en los cuales se expían los siete pecados capitales: Soberbia, envidia, ira, pereza, avaricia, gula y lujuria –como ritual de que eran justos y tenían derecho divino y superioridad moral para ejecutar su juicio como verdugos contra los que erradicaban, como se dijo en Juan 8:7, Y como ellos lo acosaban a preguntas, Jesús se incorporó y les dijo: —‘Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que tire la primera piedra’.
        Adán, además de ser el primer hombre, después de la muerte de Dios y la caída de la santa trinidad se volvió por herencia divina; Arcángel a cargo del ejercito celestial y protector del cielo. A pesar de su posición divina, seguía siendo hombre y por ello tenía las cualidades de uno, arrogante, confiado, y por mucho; inmaduro desde que se le dio ese puesto después de la guerra santa. Siempre tomando su tarea como exorcista a la ligera y disfrutando de dar órdenes a sus subordinados; como Lute –cualidad que muchos dicen, usa para esconder su desprecio a las mujeres por el daño que alguna vez le hizo Lilith y Eva. Como muchos arcángeles, posee alas que parecen de oro puro y un vestido blanco –con las que cubre lo que le queda su apariencia humana; que consecuentemente por el pecado original se vio deformada y ahora usa una máscara negra con largos cuernos negros que terminan en una punta dorada cada uno, además de su aureola de cinco puntas que lo hace parecer que trae una corona flotante. Por último, un rostro falso con el que se permite mostrar emociones y gestos, meras proyecciones de un brillo amarillo.
        Lute, la teniente de Adán. Sangrienta y sin remordimientos cuando se trata de asesinar demonios y otros seres infernales, y completamente estricta en su tarea que según sus palabras “Fue la última orden del todo poderoso”. Está de la mano de Adán en todo momento y aunque repudia ser menospreciada por él al ser mujer, le respeta como el hijo legítimo de Dios al ser su primera creación a su imagen y semejanza; como su verdadero primogénito.
        A diferencia de Adán, Lute viste con el uniforme militar tradicional de la milicia celestial –similar a las armaduras de la Edad media, a tal punto que sus alas se tiñeron del mismo tono gris metálico de su vestimenta, además de siempre cargar con una espada. Cuando se le preguntaba por qué no transformaba su arma en una de fuego (cómo una pistola) siempre te hacía recordar el placer de hacer cada exorcismo íntimo y personal.
        También; para asemejarse a la imagen de Adán, Lute vestía una máscara similar a la de él con cuernos negros y una aureola de un solo pico, además de ser de color negro en vez de dorada. Su rostro al estar escondido también generaba una proyección –esta de color blanco para que resaltara sobre el negro de su máscara.
        Antes de que pudieras darte cuenta, los exorcistas invadieron el infierno y comenzaron a asesinar indiscriminadamente a todos los que se cruzaban en su camino, revelando la verdadera naturaleza del evento que tanto te he contado. Mientras tanto, los Goetia cazaban a sus objetivos de interés para consolidar su poder e influencia, ya sea de manera directa o indirecta. El resto simplemente se dejaba llevar por la situación.
        
        ***
        
        Repentinamente se desató un caos sin precedentes esa noche. En el círculo de la ira, unas explosiones sorprendieron a todos los que se encontraban cerca de las minas donde se sabía que el arma sagrada estaba escondida. El nivel de destrucción fue tan amplio que convirtió esas cuevas en nada más que una tumba. Para aquellos que desconocían el arma y su contrabando, este hecho se convirtió en una más de las consecuencias de la violencia desenfrenada de los exterminios. Para aquellos que conocían la verdad, se convirtió en un mensaje sobre las consecuencias de sus actos malvados. Sin embargo, para un niño en particular, se convirtió en un recordatorio perpetuo de la verdad.
        Todos creían haberlo visto, pero nadie podía afirmarlo con certeza. Algunos decían que él era el perpetrador del acto, otros que era el único sobreviviente, pero la descripción siempre era la misma. Tenía un cuerpo condenado, piel del color de la arena del desierto, con cola y cuernos de imp. Cabalgaba en un potrillo negro con una melena de fuego que ondeaba como lava ardiente. Sus figuras rompían la polvareda y se perdían en el horizonte. Con poca originalidad, se le llamó El fantasma del desierto. Con el tiempo, el infierno volvería a llamarlo por su verdadero nombre.
        En los pantanos de codicia, todo parecía estar en orden. Como era de esperar de Paimon, los exorcistas a cargo del cuarto círculo tenían un trabajo fácil gracias a su dedicación. Normalmente, se dedicaban a revisar territorios colindantes como el pantano de Mammon y unas pequeñas ciudadelas entre este lugar y el paraíso del rey búho. Pero todo cambió cuando el condenado que Paimon había escondido con anticipación tomó acción de forma repentina.
        Con premeditación, Paimon lo dejó en los territorios de Mammon y a la vez que los exorcistas comenzaron a actuar su encomienda; como si estuviera siendo controlado por el rey a distancia, comenzó a llevar a cabo su propia matanza.
        El condenado desató su furia, causando pánico y confusión entre los exorcistas y los habitantes cercanos. El nivel de destrucción fue tan grande que los pantanos se convirtieron en un caos de lodo y escombros.
        Los exorcistas, sorprendidos por la repentina violencia, intentaron desesperadamente contener al condenado. Sin embargo, sus esfuerzos fueron en vano, ya que el poder del condenado era demasiado grande. Su ira desenfrenada arrasó con todo a su paso, dejando solo destrucción y desolación a su paso. El caos fue tan intenso que cuando el joven Crimson llegó a la habitación de su padre acompañado por los sharkin que había logrado persuadir para que lo ayudaran, nadie escuchó el estruendo que esto desencadenó, el cual culminó con un claro vencedor: el joven imp y su insaciable ambición.
        Cuando los exorcistas ya no pudieron contener al aparentemente invencible pecador, se vieron obligados a solicitar ayuda. Sin embargo, al estar todos ocupados con sus propias responsabilidades, la tarea recayó en los Goetia. Y ¿quién mejor para derrotar a un poderoso demonio que un rey infernal?
        En el palacio de Paimon, el siniestro rey se preparaba para partir, consciente de lo que sucedía con su herramienta. A lo lejos se escuchaban explosiones y lamentos, mientras Octavia intentaba calmar al pequeño Stolas, quien lloraba sin cesar.
        —No tardaré en regresar, deseo que ese niño esté dormido cuando vuelva —Ordenó Paimon a su esposa, con frialdad y brusquedad—.
        Octavia no se dignó a responder, meciendo al príncipe Stolas una y otra vez en su cuna mientras cubría los estruendos con su propia voz hasta que este durmiera. Poco tiempo después de la partida de su esposo, todos los sonidos se detuvieron y un silencio aún más espeluznante que los lamentos de las almas desesperadas se adueñó del ambiente. Con una respiración profunda, Octavia supo que era hora.
        Sostuvo al príncipe dormido en sus brazos, admirando su rostro tranquilo mientras descansaba y le brindó la sonrisa más cálida que una madre podría ofrecer. Con sus dedos acarició su cabeza despeinada y ajustó su pijama por última vez. Aunque su corazón se desgarraba de dolor y anhelaba llorar, aunque fuera un poco, se negaba a despertar a su pequeño. Cuando se dio cuenta de que el ser se acercaba al palacio, colocó a Stolas en su lugar por última vez y le susurró las palabras más hermosas al oído. Sabiendo que su hora había llegado, se dirigió hacia su verdugo. Una figura humana que nunca había experimentado la metamorfosis como resultado de su condena, su cuerpo empapado en sangre que goteaba con cada paso que daba. De alguna manera, había logrado avanzar sin hacer ruido, tan silencioso como la muerte misma.
        —Te perdono, pues no eres más que la marioneta de un cobarde.
De manera voluntaria, Octavia estrechó entre sus brazos al condenado, quien correspondió a su abrazo. Mientras ambos eran envueltos por una oscura llama, las palabras de Octavia dirigidas a Stolas resonaron en el aire.

—“Querido mío. Tengo que partir y puede que sea por mucho tiempo. Desafortunadamente, no tengo muchas opciones, espero que puedas perdonarme. Si alguna vez me extrañas en los días en los que estaré lejos, solo debes saber que siempre estaré velando por ti desde las estrellas en la noche. Adiós, hijo mío.”—

        La muerte después de la muerte no lleva a ninguna parte, el alma finalmente se destruye y se vuelve una con el cosmos. Ya no hay forma, ni cuerpo, ni nombre. Tampoco hay dolor, ni penas, ni sufrir.
        Cuando no quedaron ni las cenizas y la última lagrima tocaba el suelo para convertirse en nada, Stolas sintió un gran dolor tan repentino que lo obligó a despertar, llorando como nunca había llorado en su vida mientras llamaba por primera vez a su mamá.
        Sorprendidos por el llanto inconsolable que provenía de la habitación del príncipe, Rym y Raél se apresuraron a atenderlo y tratar de calmarlo, sin mencionar la sorpresa de escucharlo hablar por primera vez. Ambos se sentían desconcertados al darse cuenta de que ni la madre ni el padre estaban presentes en el lugar. Sin comprender lo que sucedía, mientras los sollozos descontrolados de un niño desconcertado llenaban el ambiente de dolor y tristeza. Llamando por alguien que nunca respondería a sus lamentos para brindarle la paz que deseaba con fervor.
        Quizá, si Dios aún después de muerto es tan grande, permitiría al alma de su hija escuchar al hijo que la llamaba por primera vez, —mamá.
